miércoles, 12 de mayo de 2010

Acción santificadora del Espíritu Santo - Programa Nº 440

El espíritu divino, según la Biblia, no es sólo luz que ilumina dando el conocimiento y suscitando la profecía, sino también fuerza que santifica. En efecto, el espíritu de Dios comunica la santidad, porque él mismo es 'espíritu de santidad'. 'espíritu santo'. Se atribuye este apelativo al espíritu divino en el capítulo 63 del libro de Isaías cuando. En el largo poema dedicado a exaltar los beneficios de Yahvé y a deplorar los descarríos del pueblo a lo largo de la historia de Israel, el autor sagrado dice que 'ellos se rebelaron y contristaron a su espíritu santo' (Is 63, 10). Pero añade que después del castigo divino. 'se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo'. Para preguntarse: “¿Dónde está el que hizo subir de las aguas al pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que puso dentro de él su santo espíritu” (Is 63, 11 ).

Este apelativo resuena también en el Salmo 50/51, donde, al pedir perdón y misericordia al Señor, el autor le implora: “No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu”. (Salmo 51 / 50, 13). Se trata del principio íntimo del bien, que actúa en el interior para llevar a la santidad.

El libro de la Sabiduría afirma la incompatibilidad entre el Espíritu Santo y cualquier falta de sinceridad o de justicia: “Porque el santo espíritu, el educador, huye de la falsedad, se aparta de los razonamientos insensatos, y se siente rechazado cuando sobreviene la injusticia”. (Sáb. 1, 5). Se expresa también una relación muy estrecha entre la sabiduría y el espíritu. En la sabiduría, dice el autor inspirado: “En ella hay un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus: en los inteligentes, en los puros y hasta los más sutiles”. (7, 22-23). Sin este espíritu santo que Dios 'envía de lo alto, el hombre no puede discernir la santa voluntad de Dios y mucho menos, evidentemente, cumplirla fielmente.

En el Antiguo Testamento la exigencia de santidad está fuertemente vinculada a la dimensión cultual y sacerdotal de la vida de Israel. El culto se debe tributar en un lugar 'santo', lugar de la Morada de Dios tres veces santo (Cfr. Is 6, 1.4). La nube es el signo de la presencia del Señor (Cfr. Ex 40, 34.35; 1 Re 8, 10.11); todo, en la tienda, en el templo, en el altar, en los sacerdotes, desde el primer consagrado Aarón (Cfr. Ex 29, 1, ss.), debe responder a las exigencias del 'sacro'. Que es como una aureola de respeto y de veneración creada en torno a personas, ritos y lugares privilegiados por una relación especial con Dios.

Algunos textos de la Biblia afirman la presencia de Dios en la tienda del desierto y en el templo de Jerusalén (Ex 25, 8; 40 34-35; 1 Re 8, 10-13; Ez 43,4-5). Sin embargo, en la narración misma de la dedicación del templo de Salomón se refiere una oración en la que el rey pone en duda esta pretensión diciendo: “Pero ¿es posible que Dios habite realmente en la tierra? Si el cielo y lo más alto del cielo no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo he construido!” (1 Re 8, 27).

En los Hechos de los Apóstoles, Esteban expresa la misma convicción a propósito del templo: “…si bien es cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre. Así lo dice el Profeta: El cielo es mi trono, y la tierra la tarima de mis pies. ¿Qué casa me edificarán ustedes, dice el Señor, o donde podrá estar mi lugar de reposo?” (Hech 7, 48).

La razón de ello la explica Jesús mismo en su charla con la Samaritana: “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. (Jn 4, 24). Una casa material no puede recibir plenamente la acción santificadora del Espíritu Santo. Y por tanto no puede ser verdaderamente 'morada de Dios'. La verdadera casa de Dios debe ser una 'casa espiritual', como dirá Pedro, formada por 'piedra vivas', es decir, por hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios (Cfr. 1 Pe 2, 4.10; Ef. 2, 21.22).

Por ello. Dios prometió el don del Espíritu a los corazones, en la célebre profecía de Ezequiel, en la que dice: “Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor -oráculo del Señor- cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes. Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes”. (Ez 36. 23.27).

El resultado de este don estupendo es la santidad efectiva vivida con la adhesión sincera la santa voluntad de Dios. Gracias a la presencia íntima del Espíritu Santo, finalmente los corazones serán dóciles a Dios y la vida de los fieles será conforme a la ley del Señor.

Contra el espíritu de Dios combate el espíritu de la mentira: “El respondió: 'Iré y seré un espíritu de mentira en la boca de todos los profetas'. Entonces el Señor le dijo: 'Tú lograrás seducirlo. Ve y obra así'. Ahora, el Señor ha puesto un espíritu de mentira en la boca de todos los profetas, porque él ha decretado tu ruina”. (1 Re 22, 21-23), el 'espíritu inmundo' que subyuga a hombres y pueblos sometiéndolos a la idolatría.

En el oráculo sobre la liberación de Jerusalén. En perspectiva mesiánica, que se lee en el libro de Zacarías el Señor promete realizar él mismo la conversión del pueblo haciendo desaparecer el espíritu inmundo: 'Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén. Para lavar el pecado y la impureza. “Aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza. Aquel día -oráculo del Señor de los ejércitos- yo extirparé del país el nombre de los ídolos y no se los volverá a mencionar; de la misma manera, expulsaré de esta tierra a los profetas y el espíritu de impureza”. (Za 13. 1.2).

En Isaías sobre este tema nos dice: “No intervino ni un emisario ni un mensajero: él mismo, en persona, los salvó; por su amor y su clemencia, él mismo los redimió; los levantó y los llevó en todos los tiempos pasados. Pero ellos se rebelaron y afligieron su santo espíritu. Entonces él se volvió su enemigo y combatió contra ellos”. (Is 63, 9.10).

El profeta contrapone la generosidad del amor salvífico de Dios para con su pueblo, y la ingratitud de éste. En su descripción antropomórfica se conforma con la psicología humana la atribución al espíritu de Dios de la tristeza producida por el abandono del pueblo. Pero según el lenguaje del profeta, se puede decir que el pecado del pueblo contrista el espíritu de Dios especialmente porque este espíritu es santo: el pecado ofende la santidad divina. La ofensa es más grave porque el Espíritu Santo de Dios no sólo ha sido colocado por Dios en su siervo Moisés (Cfr. Is 63, 11), sino que lo ha dado como guía a su pueblo durante el éxodo de Egipto (Cfr. Is 63. 14), como signo y prenda de la salvación futura: “…Pero ellos se rebelaron...”, (Is 63, 10). También Pablo, heredero de esta concepción y de este lenguaje, recomendará a los cristianos de Éfeso: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención”. (Ef. 4, 30).

El uso más frecuente del apelativo 'Espíritu Santo' es un indicio de esta evolución. Este apelativo inexistente en los libros más antiguos de la Biblia, se impone poco a poco precisamente porque sugería la función del Espíritu Santo para la santificación de los fieles. Los himnos de Qumran en varias ocasiones dan gracias a Dios por la purificación interior que él ha realizado por medio de su Espíritu santo (Himnos de la Ságruta de Qumran, 16, 12;17. 26). El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días. Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo.

A esta espera corresponde el mensaje evangélico. Es significativo que en los cuatro evangelios la palabra 'santo' aparezca por primera vez en relación con el espíritu, tanto para hablar del nacimiento de Juan Bautista y del de Jesús (Mt 1, 18)20; Lc 1, 15, 35), como para anunciar el bautismo en el Espíritu Santo (Mc 1, 8; Jn 1, 33). En la narración de la Anunciación, la Virgen María escucha las palabras del ángel Gabriel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”. (Lc 1. 35). Así comenzó la decisiva acción santificadora del Espíritu de Dios, destinada a propagarse a todos los hombres.