martes, 15 de marzo de 2011

El Desierto en la Biblia

El desierto ha sido un tema largamente explotado como recurso literario y artístico, con ocasión del que se ha buscado con mucha frecuencia el ambiente adecuado para reproducir situaciones humanas de carácter dramático, reales en el orden histórico y aún espiritual o, simplemente, imaginarias.

Concepto bíblico de desierto
El desierto fue igualmente una fuente de inspiración constante para los autores sagrados, tema particularmente querido de los profetas. Para describirlo utilizan varios términos, cada uno con un matiz específico, pero que en ningún caso traducen el concepto general que nosotros tenemos de desierto.

El término más común de los empleados por la Biblia es, en hebreo, MIDBAR, que en su origen significa "conducir" "apacentar" (el ganado). Se utiliza para describir una región solitaria, pero no totalmente estéril o desprovista de vegetación y agua, pues se trata de una región de pastoreo, como nos lo indica Jeremías 9-9: “Yo haré resonar en las montañas llantos y gemidos, y en las praderas del desierto, un canto fúnebre. Porque están abrasadas, nadie transita por ellas, y no se escucha el rumor de los rebaños; desde los pájaros del cielo hasta el ganado todos huyeron, se han ido”.

El término castellano más adecuado para traducir este vocablo hebreo seria "estepa". Quizás el texto bíblico que más nos acerca a nuestro concepto tradicional de desierto sea el Deuteronomio 8,15: “... y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca...”
Pero este texto es la excepción a la regla. El habitante de Palestina, sin embargo, está acostumbrado a una doble imagen de sus desiertos cambiantes sin que pierdan por ello su identidad. En la corta estación que sigue a las lluvias torrenciales del invierno, el desierto se viste de pasajero, pero encantador, ropaje. Es completamente el reverso de la imagen del estío. Los arbustos reverdecen y una alfombra de tímida hierba verde salpicada de infinitas flores de colores variados e intensos hace sonreír al desierto. Y los autores sagrados, abiertos siempre a ver en todo la obra salvadora de Dios, aprovechan esta nueva imagen del desierto como símbolo de esperanza: “¡No teman, animales del campo! Los pastizales de la estepa han reverdecido, los árboles producen sus frutos, la higuera y la viña dan sus riquezas”. (Joel 2,22). “…rebosan los pastos del desierto y las colinas se ciñen de alegría…” (Sal, 65,13).

El desierto bíblico cuenta, además, con una fauna significativa. Son citados, concretamente el león, el chacal, el asno salvaje, el pelícano, el avestruz, serpientes y escorpiones... Y si en buena parte del año ofrece un aspecto reseco y poco acogedor, no faltan fuentes y pozos de agua repartidos por toda su geografía, para alivio de personas y animales: “…El Ángel del Señor la encontró en el desierto, junto a un manantial - la fuente que está en el camino a Sur…” (Gen. 16,7).

Isaías, describiendo la desolación de Palestina después de la conquista asiria, escribe: “…La tierra está de duelo y desfallece, el Líbano pierde el color y se marchita, el Sharon se ha convertido en una estepa, el Basán y el Carmelo se deshojan…” (Is 33,9).

Si hablan de un paraje solitario por donde no pase nadie, recordamos el texto de Isaías sobre la restauración del Pueblo de Dios, tras el destierro babilónico, figura del pueblo mesiánico: “…yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa…” (Is 43,19).

La aplicación de la justicia de Dios sobre su pueblo, cuando éste ha pecado contra Yahvé, o contra los enemigos de su pueblo, da ocasión a los autores sagrados para comparar los efectos de la destrucción que preconizan a una tierra desolada; lo poblado será reducido a escombros, a desierto y ruinas.

“…Te convertiré en ruinas y en oprobio entre las naciones que te rodean, a los ojos de todos los que pasen…” (Ez 5,14), e Isaías: “…Yo confirmo la palabra de mis servidores y cumplo el designio de mis mensajeros. Yo digo de Jerusalén: "¡Que sea habitada!", y de las ciudades de Judá: "¡Que sean reconstruidas!", y yo restauraré sus ruinas…” (Is 44, 26).

En el Antiguo Testamento se nombran unos 15 desiertos. La mayoría y los más importantes por su extensión están situados dentro de la península del Sinaí y en estrecha relación con las tradiciones del Éxodo de Egipto: Ethan, Sin (desierto del Maná), Sinaí (teatro de la teofanía de Yahvé y entrega de las tablas de la Ley) Faran, Cades... Cinco más se encuentran englobados bajo la denominación general de Desierto de Judea.

En el Nuevo Testamento sólo se nombra el desierto de Judea, al iniciarse la predicación del Bautista; en sus confines, la tradición ha colocado el desierto de la Tentación (de Jesús), apoyándose en los relatos de los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, frente a Jericó y no lejos del Jordán. Y finalmente, Mateo (15,23) nos habla de una zona desértica junto al lago de Genesaret donde tuvo lugar la segunda multiplicación de los panes. Topográficamente, el desierto bíblico es muy accidentado en su mayor parte. Altas montañas y profundos valles en la parte sur del Sinaí; colinas y baja montaña, con barrancos muy profundos, en el desierto de Judea.

Cuando Israel atravesó el Jordán, tras el Éxodo de Egipto hacía la Tierra Prometida, selló la primera etapa de su historia. Fue algo como decir adiós a su vida errante. De nómada se convirtió en pueblo sedentario, con hogar fijo. Sin embargo, aunque el desierto quedó de la otra parte, históricamente hablando, el recuerdo de aquella experiencia quedó profundamente grabado en su pueblo, como enseña imborrable para su vida posterior. Todo el mundo recuerda su lugar de nacimiento, e Israel, como Pueblo de Dios, había nacido en el desierto.

Allí había adquirido una identidad mucho más fuerte que ningún otro pueblo de la tierra. Israel mismo, en virtud de la elección gratuita de que fue objeto por parte de Yahvé, no podía olvidarlo. Se perderían, con el tiempo, algunos detalles, pero los hechos fundamentales, particularmente el Pacto de la Alianza en el Sinaí, así como la actitud rebelde del pueblo y la justicia misericordiosa de Yahvé, serían objeto de reflexión constante para Israel. Y en diversos momentos de su historia afloraría la nostalgia del desierto.

Los profetas considerarían la época del desierto como la edad de oro de Israel: “Ve a gritar a los oídos de Jerusalén: Así habla el Señor: Recuerdo muy bien la fidelidad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar. Israel era algo sagrado para el Señor, las primicias de tu cosecha: todos los que comían de él se hacían culpables, les sobrevenía una desgracia -oráculo del Señor-.” (Jr 2,2-3).

Los profetas anatematizarían siempre en tono mayor la idolatría y la prevaricación de Israel, pero ninguno tendría expresiones tan vivas para pintar su infidelidad como el profeta Oseas. Y aunque la misericordia de Dios aparece inagotable, será necesario, no obstante, que Israel vuelva a pasar por la experiencia del desierto, para así disponerse a escuchar la voz del único que le puede salvar, Yahvé, su Dios: “Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón. Desde allí, le daré sus viñedos y haré del valle de Acor una puerta de esperanza. Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto”. (Os 2,16.17).

En el año 587 es destruida Jerusalén por Nabucodonosor, como antes lo había sido Samaría por Sargón 11(722), y sus habitantes llevados al destierro. Para Israel, sin templo ni altar ni sacrificios, Babilonia era un desierto peor que el de arena y sol abrasador. Y cuando al cabo de cincuenta años, el Resto de Israel, será puesto en libertad, el libro de la Consolación se hará eco de este retorno como de un nuevo éxodo triunfal y símbolo de la liberación final. El Señor mismo caminará al frente de su pueblo para conducirlo a la Jerusalén nueva. El desierto quebrado se allanará y no será ya más un camino de prueba, sembrado de dificultades:

“Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”. (Is 40,3-5).

“¡Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!2 ¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sharon. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. (Is 35,1-2).

Naturalmente los profetas, con mirada lejana, están viendo en este pequeño grupo que vuelve del destierro la liberación final del pueblo de Dios en la Era Mesiánica. La transformación del desierto es, en ciertos pasajes apocalípticos, como el signo de la salvación final, ya que, según ellos. El Mesías aparecerá en el desierto (cf. Mt 24,26; Ap 12,6-14).

“Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”, (Mc. 1,3) así comienza Marcos el pregón de la "Buena Nueva", recogiendo las palabras del vaticinio de Isaías anteriormente citadas: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (Is 40,3).

“…así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados…”. Y salían todos al desierto para ser bautizados por Juan en el río Jordán. Una vez más la salvación se iniciaba en el desierto. La liberación estaba a punto de pasar de la profecía a su cumplimiento: “…En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán…” (Mc 1,9).

Los cuarenta días que Jesús pasa haciendo penitencia nos recuerda los cuarenta años de travesía de Israel por el desierto. En los dos casos, el desierto serviría como escenario elegido por Dios para la prueba a la que ambos iban a ser sometidos. El autor del libro del Deuteronomio es claro por lo que respecta a Israel: “…Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos…”. (Dt 8,2).

Y los tres evangelios sinópticos son unánimes en afirmar que Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por Satanás. Podemos decir que, en toda la tradición bíblica, el desierto tiene un doble sentido que se complementa: Uno, como lugar de elección y otro como medio de purificación, constituyendo ambos la preparación inmediata a la entrada en la Tierra Prometida, en el Reino de Dios.

Pero lo más importante es recalcar que donde Israel sucumbió, Jesús triunfó y su triunfo fue la liberación nuestra. De aquí, que, para nosotros, la imagen del desierto, su simbolismo, toma en Cristo realidad. Superando él toda prueba, consumada en su muerte, nos ha abierto a nosotros las puertas de la verdadera Tierra Prometida, la Nueva Jerusalén.

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