martes, 24 de febrero de 2015

¿Cómo hacía Jesús sus milagros?


Que Jesús hacía milagros nadie lo duda. Ellos ocupan un lugar importante de su vida pública. El problema es: ¿en qué consistían los milagros de Jesús? Los evangelistas relatan diversos tipos de milagros. Algunos verdaderamente espectaculares, como la resurrección de Lázaro después de haber estado cuatro días muerto. Otros, más curiosos, como el hacer aparecer una moneda en la boca de un pez, o pegarle la oreja cortada a un soldado. O más enigmáticos, como maldecir una higuera porque no tenía frutos y secarla instantáneamente.

Son 35 los milagros realizados por Jesús que aparecen descritos en los evangelios, y pueden clasificarse en tres categorías: milagros sobre las personas, milagros sobre la naturaleza, y resurrecciones. Se llaman “milagros sobre las personas” a las sanaciones que Jesús obraba sobre los enfermos. Como la curación de los diez leprosos, o de la mujer encorvada, o del endemoniado de los sepulcros. Son en total 23. Los “milagros sobre la naturaleza”, como su nombre lo indica, son los prodigios que Jesús realizó sobre los distintos elementos naturales. En los evangelios hay 9, y son: la conversión del agua en vino, la tempestad calmada, Jesús caminando sobre las aguas, la multiplicación de 5.000 panes, la multiplicación de 4.000 panes, la primera pesca milagrosa, la moneda en la boca de un pez, la higuera seca y la segunda pesca milagrosa.

Finalmente tenemos 3 resurrecciones hechas por Jesús: a la hija de Jairo (Mt 9,18), al hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11) y a Lázaro (Jn 11). Desde antiguo se intentó dar una definición de los milagros. Y el hecho de que éstos interrumpan el curso natural de los acontecimientos (así, el agua debe seguir siendo agua, no cambiarse en vino; un muerto debe seguir muerto, no abrir los ojos y levantarse), ha llevado a muchos teólogos a formular una definición que hoy es casi oficial del milagro: sería “todo hecho en el que se suspenden las leyes de la naturaleza”. Esto quiere decir que cuando se está ante un fenómeno extraordinario, como por ejemplo la curación de una enfermedad, se debe analizar el hecho según todas las posibilidades científicas y técnicas que existen. Y si después de un exhaustivo estudio se concluye que tal sanación es inexplicable y que va contra todas las leyes de la naturaleza, estamos entonces ante la presencia de un milagro. Por que las leyes de la naturaleza, que deberían haberse comportado de cierta manera, aparecen “suspendidas”, “interrumpidas” por una fuerza superior, en este caso de Dios, que produjo el milagro.

Pero esta definición de milagro ofrece muchos problemas. En primer lugar, porque en la época de Jesús no se sabía que existían ciertas “leyes” en la naturaleza. Y por lo tanto los apóstoles no podían saber si Jesús, cuando por ejemplo hacía levantar a un paralítico de su camilla (Mc 2,1) o curaba a un sordomudo poniéndole saliva en la lengua (Mc 7,31), estaba transgrediendo tales leyes naturales. Simplemente se maravillaban. En segundo lugar, porque ni siquiera hoy se dominan todas las leyes de la naturaleza. Periódicamente se des cubren otras nuevas, que modifican, corrigen o completan los conocimientos que teníamos, y hacen que lo que antes resultaba inexplicable y antinatural, hoy tenga explicación. Así, por ejemplo, mientras antigua mente se consideraba un “milagro” (es decir, una interrupción de las leyes naturales) al hecho de que ciertos santos se elevaran en el aire mientras celebraban misa, tuvieran impresas las llagas de la pasión de Cristo, emitieran luz, o permanecieran incorruptos durante siglos después de muertos, hoy estos fenómenos pueden ser explicados por causas naturales gracias al avance de los conocimientos científicos.

Por lo tanto frente a un hecho in comprensible nadie puede afirmar, con certeza absoluta, que todas las leyes naturales posibles quedaron interrumpidas. A lo sumo, las conocidas hasta el presente. En tercer lugar, si el milagro fuera la suspensión de las leyes de la naturaleza, ¿para qué querría Dios violar las mismas leyes que Él puso? ¿Para mejorarlas? Eso significaría que están mal hechas y que Él las podría haber creado mejor. ¿Para demostrar de manera evidente su poder? Si con el milagro se pudiera “demostrar” la existencia de Dios, entonces la fe desaparecería, y Dios pasaría a ser una certeza conocida científicamente. Si con el milagro se pudiera “probar” positivamente a Dios, entonces todo el mundo estaría obligado a creer en Él (como creemos en la existencia del presidente de los Estados Unidos, o del Papa, gracias a las señales que nos llegan por los medios de comunicación), y no existirían los ateos.

Pero lo cierto es que ningún acontecimiento, por maravilloso e inexplicable que sea, puede hacer “evidente” la existencia de Dios. En Él se cree por fe, es decir, sin “ver” nada. Por lo tanto, la definición del milagro como “aquello que no tiene explicación por las leyes de la naturaleza” hoy resulta inadmisible. ¿Cómo definirlo entonces? Para saberlo, debemos volver a los evangelios mismos y ver qué dicen. Para los hombres del tiempo de Jesús, un milagro era un hecho asombroso, sorprendente, que dejaba a todos maravillados, pero frente al cual no se preguntaban si tenía explicación o no. Les bastaba que fuera poco frecuente, para que su fe les dijera que se trataba de un “signo” de la presencia de Dios. O sea que el milagro en el Evangelio tiene dos elementos: a) un hecho fuera de lo común, algo extraordinario (que todos podían ver); b) el des cubrimiento, en él, de la mano de Dios (que lo hace sólo el creyente).

Por lo tanto, los evangelistas no se preguntaban nunca si lo que Jesús hacía era naturalmente posible o imposible. Les bastaba que fuera algo poco frecuente, y que con la fe creyeran que allí estaba actuando Dios, para que a eso le llamaran “milagro”. Ya en el Antiguo Testamento vemos como el libro del Éxodo, al contar la huida de los hebreos de Egipto, dice que las aguas del Mar se abrieron porque Moisés extendió su mano sobre ellas. Pero luego el mismo libro agrega que fue porque un viento fuerte del Este sopló durante toda la noche y secó el mar (14,21). La misma palabra “milagro” viene del latín “mirari”, que significa “admirarse”. La condición, pues, para que haya milagro, es que se trate de un hecho ante el cual la gente se admire, sin importar si tiene explicación o no.

Podemos, concluir que los milagros que Jesús realizaba no debieron de ser tan espectaculares e impactantes, porque si no todo el mundo habría estado obligado a creer en Él y a aceptarlo. ¿Por qué, entonces, se abrieron las aguas del Mar? ¿Por una fuerza inexplicable de Dios, o por un fuerte viento que hubo ese día? Para los israelitas era lo mismo. Un fuerte viento había soplado esa noche, y la fe de ellos les hizo ver que Dios estaba allí presente. Había, pues, un milagro. Porque: a) no era esperable que soplara un fuerte viento justo ese día; y b) los israelitas sintieron la presencia de Dios en ese acontecimiento.

Si nos ponemos ahora a analizar los milagros de Jesús llegamos a la misma conclusión. No hay duda de que realizaba hechos asombrosos, no esperados de cualquier persona, sino sólo de alguien con su extraordinaria irradiación personal. Pero de ahí a pensar que tales hechos suspendían las leyes de la naturaleza es ir más allá de las enseñanzas del Evangelio. Ya san Agustín, en su famoso libro sobre la Trinidad, afirmaba que los milagros bíblicos nunca superan las leyes de la creación. Que, por ejemplo, Jesús tomara de la mano a la suegra de Pedro y la curara, era un verdadero “milagro” para los discípulos de Jesús, aun cuando hoy algún psiquiatra pueda explicar este prodigio por las leyes de la psicología.

Lo mismo ocurre con el prodigio obrado en favor del centurión romano. Éste va a buscar a Jesús para que lo cure a un servidor suyo paralítico. Jesús le dice que vuelva tranquilo porque su servidor ya está mejor. Cuando el oficial regresa a su casa, encuentra al enfermo curado. ¿Acaso eso mismo no ocurre hoy todos los días? Un creyente va a pedirle a Jesús por una persona enferma. Quizás va a la Iglesia, o a un templo, o a una capilla. Luego regresa a su casa y descubre que esa persona está mejor. El problema es que casi nadie ve en estos casos un milagro porque la curación generalmente tiene alguna explicación natural (la persona fue atendida por los médicos, le dieron remedios adecuados). En cambio el que tiene fe, descubre allí el mismo tipo de milagro relatado por los evangelios.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

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