jueves, 24 de octubre de 2013

¿Qué es un Demonio? - Segunda Parte

El momento en que ya no hay marcha atrás es el momento en que un ángel ve la esencia de Dios. Porque después de ver a Dios ya nada le podrá hacer cambiar de opinión. Después de haber visto a Dios, jamás nadie podrá escoger algo que le ofenda lo más mínimo. Pues la inteligencia comprendería que sería escoger estiércol frente a un tesoro. El pecado después de ese momento es imposible. El ángel antes de entrar al cielo, comprendía a Dios, comprendía lo que era, lo que suponía su santidad, omnipotencia, sabiduría, amor...

Después de ser admitido a contemplar su esencia, uno no sólo la comprende, sino que además la ve. Es decir, uno ve su santidad, su amor, su sabiduría, etc. El espíritu al ver aquello se llena de tal amor, de tal veneración, que jamás, bajo ningún concepto, quiere separarse de ello. Por eso el pecado pasa a ser imposible. El demonio queda irremisiblemente ligado a lo que ha escogido, desde el momento en que Dios decide no insistir más. Llega un momento en que Dios decide no enviar más gracias de arrepentimiento. Pues cada gracia de arrepentimiento sólo puede ser superada, sólo puede ser vencida, afirmándose más en el odio. Llega un momento en que Dios ve que enviar más gracias sólo sirve para que el demonio afiance más lo que ha escogido su voluntad. Llega un momento en que Dios Amor da la espalda y deja a su hijo que siga su camino. Deja que el demonio siga su vida aparte.

Por un lado podríamos decir que no hay un momento único en que el ángel se transforme en demonio, sino que se trata de un proceso lento, gradual, evolutivo. Pero por otro lado por largo que haya sido ese proceso previo (y posterior) sí que hay un momento preciso en el que el espíritu angélico tiene que tomar la decisión de rechazar o no a su Creador. Ya se ha dicho que en ese proceso cabe la marcha atrás, esa es la celestial batalla angélica de la que habla Ap 12, 7-9. Pero llega un momento de esa batalla, en que ya los demonios se alejan y se alejan. No tendría sentido seguir insistiendo. El Creador respeta la libertad de cada uno. El demonio aparece en las pinturas y esculturas deforme, es muy adecuado ese modo de representarlo, pues es un espíritu angélico deformado. Sigue siendo ángel, es sólo su inteligencia y su voluntad lo que se ha deformado, nada más. En lo demás sigue siendo tan ángel como cuando fue creado. El demonio en definitiva es un ángel que ha decidido tener su destino lejos de Dios.

Es un ángel que quiere vivir libre, sin ataduras. La soledad interior en que se encontrará por los siglos de los siglos, los celos de comprender que los fieles gozan de la visión de un Ser Infinito, le llevan a echarse a sí mismo en cara su pecado una y otra vez. Se odia a sí mismo, odia a Dios, odia a los que les dieron razones para alejarse. Pero no todos sufren lo mismo. Unos ángeles en la batalla se deformaron más y otros menos. Los que más se deformaron, los más deformes, sufren más. Los menos deformes sufren menos Pero una vez más hay que recordar que sólo es deformidad de la inteligencia y la voluntad. La inteligencia está deformada, oscurecida, por las propias razones con las que uno justificó su marcha, su liberación. La voluntad impuso a la inteligencia su decisión, y la inteligencia se vio impelida a justificar esa decisión. La inteligencia funcionó como un mecanismo de justificación, de argumentación de aquello que la voluntad le fustigaba a aceptar.

Como se ve, el proceso tiene una extraordinaria similitud con el proceso de envilecimiento de los humanos. No nos olvidemos que los humanos somos un espíritu en un cuerpo. Si prescindimos de los pecados relativos al cuerpo, el proceso interno psicológico que lleva a una persona buena a acabar en la mafia, o de guardia en un campo de concentración, o de terrorista, es en sustancia el mismo proceso. En sustancia, el concepto de pecado, de tentación, de evolución de la propia iniquidad es igual en el espíritu angélico que en el espíritu del hombre. Pues los pecados del hombre son siempre pecados del espíritu, aunque los cometa con el cuerpo. Ya que el cuerpo es tan sólo un instrumento de lo que ha decidido el espíritu con su libre albedrío.

Así como el niño atraviesa un periodo de niñez, así también el ángel al principio acaba de ser creado y no tiene experiencia. La persona humana tiene tentaciones de otras personas, también los ángeles de sus semejantes. El hombre puede pecar por estructuras mentales tales como la patria, el honor de la familia, o el bienestar de un hijo. El espíritu angélico Nosotros los humanos somos también espíritu, aunque tengamos un cuerpo, y sólo tenemos que mirar a nuestro interior para comprender como uno puede caer en el pecado, como uno puede envilecerse. Es entonces cuando el pecado de los ángeles nos empieza a parecer más cercano y ya no nos resulta tan incomprensible.

Extracto del libro Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas
Del P. José Antonio Fortea

El Concilio Vaticano II – Tercera Parte

El documento de mayor importancia del Concilio es el Esquema XIII, convertido una vez aprobado en “Constitución Gaudium et Spes”, aunque en los estudios que se han realizado sobre el texto conciliar ha predominado la nominación de “Esquema XIII”.

El esquema presentado y discutido en el Concilio tenía cuatro capítulos.

1) El hombre ante el mundo, en el que afirmaba que para elevarse hacia Dios habrían de tenerse satisfechas las necesidades primarias; 2) la Iglesia al servicio de Dios y de los hombres; 3) comportamiento del cristiano ante los demás; 4) deberes de los cristianos en nuestro tiempo frente al racismo, la cultura, la justicia social, la paz y la guerra. El tema de la paz con sus precisiones diferenciadoras, no es solo orden, no es solo tranquilidad, y la oposición a los métodos tradicionales de conservarla, el equilibrio de los armamentos, centró los debates más extensos.

La “Constitución Gaudium et Spes” o constitución pastoral sobre "la Iglesia en el mundo de hoy” consta de dos partes; en la primera expone la Iglesia su doctrina sobre el hombre y el mundo, en la segunda atiende a diversos aspectos de la sociedad actual, y particularmente ciertos problemas urgentes. En la exposición preliminar afirma que “es necesario... conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia lo caracteriza”. Una relación de los puntos sobresalientes del documento conciliar nos apetece acercarnos a la obra profunda de reflexión y renovación que se elaboró supuso:

Familia. Dignidad del matrimonio. Fecundidad. Se exalta la paternidad responsable que supone no solo la procreación sino la educación adecuada de la prole, y se reconoce que el amor mutuo entre los esposos es un fin primario del matrimonio, fin que tradicionalmente se había relegado ante el de la procreación; “por eso, si la descendencia, tan deseada a veces, faltare, sigue en pie el matrimonio, como intimidad y participación de la vida toda”.

Cultura. Toda autoridad ha de discutirse. Se apoya en el progreso de las ciencias y las técnicas. En el aula conciliar se pronunciaron juicios muy duros sobre la Inquisición y sus excesos, sobre la base del reconocimiento de que la cultura en un derecho personal y exige una búsqueda libre del saber.

Vida económico-social. En línea con las encíclicas sociales se propugna la participación de los trabajadores en la empresa, la eliminación de las desigualdades excesivas de nivel económico, se estudian las condiciones de trabajo, la regulación de los conflictos laborales, el ascenso a la propiedad. Como medios de defensa del trabajador se defiende la actividad sindical y la licitud de la huelga.

Vida en la comunidad política. Siguiendo las directrices señaladas por Juan XXIII en la Pacem in Terris se exaltan en el texto conciliar los derechos de la persona, “como son el derecho libre de reunión, de libre asociación, de expresar la propia opinión y de profesar privada y públicamente la religión”, y la participación de los ciudadanos en la vida política. Por otra parte se postula la armonía e independencia entre la Iglesia y el Estado, “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno”, de donde se deduce el propósito de la Iglesia de no identificarse con ninguna opción política concreta, y se reafirma su deseo de renunciar a privilegios otorgados por el poder civil al tiempo que solicita en todo momento y en todas partes libertad para predicar la fe sin trabas.

La paz y la guerra. La paz es el ansia de todos los espíritus. La guerra, con la perfección de los armamentos, ha legado a ser en cualquier caso inmoral. La resolución conciliar es tajante: “Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones”. Por este camino se llega a la prohibición absoluta de la guerra y a la obligación de la sociedad internacional de evitarla y de poner fin a la carrera de armamentos, sobre la que el Concilio pronuncia sentencias conminatorias: “Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero en vez de restañar verdadera y radicalmente las decisiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas, que partan de una renovación de la mentalidad, para eliminar este escándalo y poder reestablecer la verdadera paz, quedando el mundo libre de la ansiedad que le oprime”.

Este Concilio abierto a la renovación y al mundo de hoy no se contento con la elaboración de unos textos doctrinales tan importantes como la “Constitución Gaudium et Spes”, sino que cerró sus sesiones con una serie de conmovedores mensajes dirigidos a los jóvenes, enfermos, trabajadores, mujer, etc. Al clausurarse en diciembre de 1965 la última asamblea del Concilio Vaticano II la Iglesia católica había profundizado en su doctrina, renovado su rostro y encontrado un lenguaje nuevo para dialogar con el mundo en transformación.

Pablo VI inició los viajes fuera del Vaticano para materializar el espíritu de comunicación con el mundo postulado por el Concilio. La fraternidad y el diálogo con las restantes confesiones cristianas se hizo realidad en su viaje a Tierra Santa y en su brazo con el primado ortodoxo Atenágoras; la afirmación esperanzada de un mundo fraterno quedó ensalzada en su discurso en la ONU, la colegialidad dentro de la Iglesia se llevó a cavo con la formación de las Conferencias episcopales dentro de cada nación que comenzaron a elegir en votación democrática a su presidente y a orientar la pastoral propia de cada sociedad; la liturgia se hizo mas participativa. En resumen, la doctrina del Concilio fue asumida e impulsada desde Roma, sin ningún titubeo.

Aunque nos falte perspectiva, es evidente que con la llegada al Vaticano de polaco Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II en homenaje a los dos grandes pontífices conciliares, la orientación del Vaticano ha experimentado un giro de 180 grados y la Iglesia ha comenzado una era de Restauración, de liquidación de los avances y propuestas del Concilio. La llegada de un cardenal polaco al Trono de Pedro, tras siglos de papas italianos constituyó un acontecimiento. Dotado de cualidades excepcionales para la pastoral, el nuevo papa inició su pontificado con viajes continuos, que se convirtieron en fiestas de multitudes. Sus dotes de “gran comunicador”, atribuidas también a otros políticos contemporáneos, de hombres que saben utilizar los medios de comunicación social actuales, entre ellos la televisión, son indiscutibles.

Un análisis del Sínodo de obispos de noviembre de 1985 no deja lugar a dudas sobre el deseo de silenciamiento del Concilio. Con motivo de los 20 años de la clausura del Vaticano II se abrió en Roma un Sínodo, el 25 de noviembre de 1985, con un discurso del Papa. La comparación de su contenido con el de apertura del Concilio de Juan XXIII resulta significativo del cambio de sensibilidad. El Sínodo se convocó como extraordinario, no como ordinario, con lo cual los obispos asistentes no fueron votados en las Conferencias episcopales sino designados, en su mayoría, por el Papa. Asistieron 165 padres sinodales, solo 63 testigos del Concilio.

A modo de síntesis podemos cerrar este informe diciendo:

«Después de 50 años, ¿hemos hecho todo lo que nos ha pedido el Espíritu Santo con respecto al Concilio; en esa continuidad del crecimiento de la Iglesia que fue el Concilio?».

El que se planteó estas preguntas fue el Papa Francisco, que usó el término «continuidad» refiriéndose a la interpretación de Benedicto XVI (que expresó durante el importante discurso del 20 de diciembre de 2005 a la Curia Romana), según la cual la hermenéutica de la continuidad se contrapone a la de la ruptura que teorizó la Escuela de Boloña. El nuevo Pontífice responde: «no», el Concilio ha permanecido sin ser aplicado. Por ello, el Vaticano II representa una oportunidad histórica para una gran revolución eclesiástica que todavía no se ha llevado completamente a cabo. Gracias al espíritu conciliar, la Iglesia se ha abierto al mundo, pero todavía hay mucho camino por delante. «Festejamos –dijo el Papa– este aniversario, hacemos un monumento, pero que no dé fastidio. No queremos cambiar. Es más: hay algunas voces que quieren dar vuelta atrás. Esto se llama ser testarudos, esto se llama querer domesticar al Espíritu Santo, esto se llama volverse flojos y lentos de corazón». «Lo mismo sucede –indicó el Pontífice– incluso en nuestra vida personal»: de hecho, «el Espíritu nos impulsa a tomar una vía más evangélica», pero nosotros nos resistimos. Es por ello que el Papa Francisco lanzó la siguiente exhortación: «no opongamos resistencia al Espíritu Santo. ¡Es el Espíritu el que nos hace libres, con esa libertad de Jesús, con esa libertad de ser hijos de Dios!».

El Concilio fue un evento extraordinario y no solo para la Iglesia, sino para todo el mundo, puesto que cambió el rostro de las jerarquías eclesiásticas y ofreció una esperanza a la humanidad durante los años de la Guerra Fría. La Iglesia, finalmente, fue entendida como Pueblo de Dios y la jerarquía se puso al servicio de los fieles. «También Jesús –observó el Papa– regañó a los discípulos de Emaús», porque eran lentos y perezosos para creer todo lo que habían anunciado los profetas. «Siempre, incluso entre nosotros, existe esa resistencia al Espíritu Santo». Además, «El Concilio fue una obra hermosa del Espíritu Santo; piensen en el Papa Juan: parecía un párroco bueno y él fue obediente al Espíritu Santo e hizo eso». Aunque muchos al comienzo lo consideraban un Pontífice de transición, Roncalli promovió el evento más relevante de la historia eclesiástica contemporánea, llamando a todos los hombres de buena voluntad, dialogando con las demás religiones y con los no creyentes, saliendo de los muros del Vaticano y difundiendo el mensaje cristiano a todos los hombres de buena voluntad.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Qué es un Demonio? - Primera Parte

Un demonio es un ser espiritual de naturaleza angélica condenado eternamente. No tiene cuerpo, no existe en su ser ningún tipo de materia sutil, ni nada semejante a la materia, sino que se trata de una existencia de carácter íntegramente espiritual. Spiritus en latín significa soplo, hálito. Dado que no tienen cuerpo, los demonios no sienten la más mínima inclinación a ningún pecado que se cometa con el cuerpo. Por tanto la gula o la lujuria son imposibles en ellos. Pueden tentar a los hombres a pecar en esas materias, pero sólo comprenden esos pecados de un modo meramente intelectual, pues no tienen sentidos corporales. Los pecados de los demonios, por tanto, son exclusivamente espirituales.

Los demonios no fueron creados malos. Sino que al ser creados, se les ofreció una prueba, era la prueba previa antes de la visión de la esencia de la Divinidad. Antes de la prueba veían a Dios pero no veían su esencia. El mismo verbo ver resulta aproximativo, pues la visión de los ángeles es una visión intelectual. Como a muchos les resultará muy difícil entender cómo podían ver/conocer a Dios, pero no ver/conocer su esencia habría que proponer como comparación que sería como decir que ellos veían a Dios como una luz, que le oían como una voz majestuosa y santa, pero que su rostro seguía sin desvelarse. De todas maneras, aunque no penetraran su esencia, sabían que era su Creador, y que era santo, el Santo entre los Santos.

Antes de penetrar en la visión beatífica de esa esencia divina Dios les puso una prueba. En esa prueba unos obedecieron, otros desobedecieron. Los que desobedecieron de forma irreversible se transformaron en demonios. Ellos mismos se transformaron en lo que son. Nadie les hizo así. Se sucedieron unas fases en la psicología de los ángeles antes de transformarse en demonios. Estas fases se dieron no en el tiempo material, sino en el evo, este es la sucesión de actos de entendimiento y voluntad en un ser espiritual. Los actos de la razón y de la voluntad se suceden provocando un antes y un después, un antes de un determinado acto del entendimiento, o de un acto de querer algo. Desde el momento que hay un antes y un después hay algún tipo de tiempo. Por tanto cuando se dice que los espíritus en el cielo y en el infierno están en la eternidad hay que entender esta afirmación como que están en una interminable sucesión temporal, una sucesión de tiempo sin final, con principio (que es cuando fueron creados), pero sin final. Sólo Dios está en un eterno presente, sólo en El no hay sucesión de tiempo de ninguna clase. En El no ha transcurrido nunca ni un solo segundo, ni un solo antes ni después. La eternidad de Dios es cualitativamente distinta de la eternidad del tiempo material (con un principio pero sin final) y de la eternidad del evo (también con un principio, también sin final).

Al darse en el evo, estas fases a los humanos nos parecería que fueron casi instantáneas. Pero lo que a nosotros nos parecería tan breve, para ellos fue muy largo. Las fases de transformación de ángel a demonio fueron las siguientes: Al comienzo les entró la duda, la duda de que quizá la desobediencia a la Ley divina fuera lo mejor. En el momento en que voluntariamente aceptaron la posibilidad de que la desobediencia a Dios fuera una opción a considerar ya pecaron. Al principio esa aceptación de la duda constituiría un pecado venial que poco a poco fue evolucionando al pecado grave. Pero al principio, ninguno de ellos en esta primera fase estaba dispuesto a alejarse irreversiblemente, ni siquiera el Diablo. Fue posteriormente cuando se fue asentando en sus inteligencias lo que su voluntad había escogido a pesar del dictamen de su inteligencia que les recordaba que tal desobediencia era contra razón.

Pero sus voluntades se fueron alejando de Dios, y como consecuencia de ello sus inteligencias fueron aceptando como verdadero el mal que su voluntad había escogido. Sus inteligencias fueron consolidándose en el error. La voluntad de desobedecer se fue afianzando, haciéndose esa determinación cada vez más profunda. Y la inteligencia iba buscando más y más razones para que eso le resultase cada vez más justificable. Finalmente ese proceso llevó al pecado mortal que se dio en un momento concreto, a través de un acto de la voluntad. Es decir, cada ángel llegó un momento en que no sólo quiso desobedecer, sino que incluso optó ya por tener una existencia al margen de la Ley divina. Ya no era un enfriamiento del amor a Dios, ya no era una desobediencia menor a algo determinado que les resultase difícil de aceptar, sino que en la voluntad de muchos de ellos apareció la idea de un destino aparte de la Trinidad, un destino autónomo.

Los que perseveraron en este pensamiento y decisión comenzaron un proceso de justificación de esta elección. Comenzaron un proceso en que se trataron de auto convencer de que Dios no era Dios. De que Dios era un espíritu más. De que podía ser su Creador, pero que en Él había errores, fallos. Comenzaban a acariciar la posibilidad que había aparecido en sus inteligencias: la posibilidad de una existencia aparte de Dios y de sus normas. La existencia aparte de Dios aparecía como una existencia más libre. Las normas de Dios, la obediencia a Él y a su voluntad, aparecían progresivamente como algo opresor, pesado. Dios comenzaba a ser visto como un tirano frente al que había que liberarse. En esta nueva fase de alejamiento, ya no era simplemente que buscaran un destino fuera de Dios, sino que Dios mismo les parecía que era un obstáculo para alcanzar esa libertad.

Pensaban que la belleza y felicidad del mundo angélico hubiera sido mucho más feliz y libre sin un opresor. ¿Por qué había un Espíritu que se alzaba por encima de los demás espíritus? ¿Por qué su voluntad se debía imponer sobre la de los demás espíritus? ¿Por qué una Voluntad debe imponerse sobre otras voluntades? “No somos niños, no somos esclavos”, debieron pensar. Dios ya no era un elemento que habían dejado atrás, sino que comenzaba a convertirse para ellos en el mal. Y así comenzaron a odiarle. Las llamadas de Dios hacia estos ángeles para que volvieran hacia El eran vistas como una intrusión inaceptable. En esta fase, el odio en unos creció más, en otros espíritus menos.

Puede sorprender que un ángel llegue a odiar a Dios, pero hay que entender que Dios ya no era visto por ellos como un bien, sino como un obstáculo, como una opresión, Él era visto como las cadenas de los mandamientos, como la falta de libertad. Ya no era visto como un Padre, sino como fuente de órdenes y mandatos. El odio nació con la energía de sus voluntades resistiendo una y otra vez a las llamadas de Dios que como un padre les buscaba. El odio nació como reacción lógica de una voluntad que tiene que afianzarse en su decisión de abandonar la casa paterna, por decirlo en términos que resulten inteligibles para nosotros. Es decir, alguien que se marcha de casa al principio simplemente quiere marcharse, pero si el padre le llama una y otra vez, el hijo acaba diciendo déjame en paz. Dios les llamaba entonces, pues sabía que cuanto más tiempo sus voluntades estuvieran alejadas de Él, más se afianzarían en su alejamiento.

Por supuesto que muchos ángeles que se habían alejado en un primer momento volvieron. Esta es la gran lucha en los cielos de la que se habla en Apocalipsis 12:

"Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el seductor del mundo entero fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles".

¿Cómo los ángeles pueden luchar entre sí? Si no tienen cuerpo, qué armas pueden ser usadas. El ángel es espíritu, el único combate que se puede entablar entre ellos es intelectual. Las únicas armas que pueden blandir son los argumentos intelectuales. Esa lucha fue una lucha intelectual. Dios enviaba la gracia a cada ángel para que volviera a la fidelidad o se mantuviera en ella. Los ángeles daban argumentos a los rebeldes para que volvieran a la obediencia. Los ángeles rebeldes daban sus razones para fundamentar su postura y para introducir la rebelión entre los fieles. En esta angelical conversación de miles de millones de ángeles hubo bajas por ambos lados: ángeles rebeldes regresaron a la obediencia, ángeles fieles fueron convencidos con la seducción de los razonamientos malignos.

La transformación en demonios fue progresiva. Con el transcurrir del tiempo -el evo- unos odiaron más a Dios, otros menos. Unos se hicieron más soberbios, otros no tanto. Cada ángel rebelde fue deformándose más y más, cada uno en unos pecados específicos. Así como, por el contrario, los ángeles fieles se fueron santificando progresivamente. Unos ángeles se santificaron más en una virtud otros en otra. Cada ángel se fijó en un aspecto u otro de la divinidad. Cada ángel amó con una medida de amor. Por eso en el bando de los fieles comenzó a haber muchas distinciones, según la intensidad de las virtudes que cada ángel practicó más. Cada ángel tenía su propia naturaleza dada por Dios, pero cada uno se santificó en una medida propia según la gracia de Dios y la correspondencia de la propia voluntad. Esto es válido pero al revés, para los demonios. Cada uno recibió de Dios una naturaleza, pero cada uno se deformó según sus propios caminos extraviados.

Por eso la batalla acabó cuando ya cada uno quedó encasillado en su postura de forma irreversible. Llegó un momento en que ya sólo había cambios accidentales en cada ser espiritual. En los demonios, llegó un momento en que ya cada uno se mantuvo firme en su imprudencia, en sus celos, en su odio, en su envidia, en su soberbia, en su egolatría... La batalla había acabado. Podían seguir discutiendo, hablando, disputando, exhortándose, durante miles de años, por decirlo así en términos humanos, pero ya sólo habría cambios accidentales. Fue entonces cuando los ángeles fueron admitidos a la presencia divina, y a los demonios se les dejó que se alejaran, se les abandonó a la situación de postración moral en que cada uno se había situado.

Como se ve no es que los demonios sean enviados a un lugar cerrado de llamas y aparatos de tortura, sino que se les deja como están, se les abandona a su libertad, a su voluntad. No se les lleva a ninguna parte. Los demonios no ocupan lugar, no hay donde llevarles. No hay aparatos de tortura, ni llamas que les puedan atormentar, ni cadenas que les amarren sus miembros. Tampoco los ángeles fieles entraron en ningún sitio. Simplemente recibieron la gracia de la visión beatífica. Tanto el cielo de los ángeles, como el infierno de los demonios, son estados. Cada ángel porta en su interior su propio cielo esté donde esté. Cada demonio, esté donde esté, lleva dentro de su espíritu su propio infierno.

Extracto del libro Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas
Del P. José Antonio Fortea

Finalidad del rezar el Santo Rosario

a) Es un ACTO DE AMOR:
Una manera de decirle a María, tu Madre del cielo, que le amas, le respetas, le agradeces que sea tu madre. Piensa que cada vez que rezas el Rosario le entregas a la Virgen un ramo de rosas.

b) Es un ACTO DE REPARACIÓN:
Es decir, un modo de reparar las ofensas que tú y los otros hombres han hecho a Dios.
Es como cuando ofendes a alguien que quieres mucho y después le envías una flor, un chocolate o un mensaje para hacerle sentir que te dolió ofenderle y que lo quieres mucho.

c) Es un MEDIO DE APOSTOLADO:
Esto significa que a través de la oración tú puedes pedir a la Virgen que interceda a Dios por muchas cosas: por la Iglesia, los sacerdotes, el Papa, los enfermos, los que sufren; por la conversión de los pecadores, la unidad familiar, las guerras. Por todo aquello que quisieras ayudar a que fuera mejor.

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. Durante el rezo del Rosario se trata de recordar a Cristo con María… comprender a Cristo desde María… configurarse a Cristo con María… rogar a Cristo con María… anunciar a Cristo con María… A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mateo 11, 27).

Misterios Gozosos
(Lunes y sábados)

El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas, el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el “Fiat” con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lucas 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lucas 2, 10). Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lucas 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien “enseña”.

La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lucas 2, 50). De este modo, meditar los “misterios gozosos” significa en profundizar en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelio, “buena noticia”, que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.

martes, 15 de octubre de 2013

El Concilio Vaticano II – Segunda Parte

En las primeras sesiones la Curia romana intentó imponer sus puntos de vista centralizadores, pero se encontró con una fuerte resistencia, la mayoría de los padres conciliares deseaban una renovación en profundidad de la Iglesia. Así surgió el choque entre una tendencia conservadora y otra renovadora, aunque el enfrentamiento no era nuevo en la historia de los concilios, ya que en Trento se puede detectar la posición conservadora del episcopado italiano y la renovadora del español y en el Concilio Vaticano I una minoría de los padres conciliares llega a abandonar el aula conciliar para no votar la Constitución que definía la infalibilidad pontificia; la Curia intento hacer prevalecer un principio de autoridad y de unanimidad, pero el papa no lo admitió: “Un Concilio no es un grupo de monjes cantando a coro”, se dice que comentó, con su humor de aldeano, sonriendo. Con el apoyo del papa quedaron canonizadas todas las discusiones y todas las tensiones como algo lógico y normal.

La diversidad de los temas estudiados en el Concilio podría sistematizarse en tres grupos: renovación de la Iglesia, unión con los cristianos y relación con otras religiones, diálogo con el mundo:

Renovación de la iglesia.
Fuentes de revelación.
María mediadora, y María Madre de la Iglesia.
Liturgia.
“De ecclesia”. Colegialidad de los obispos.
Función de los clérigos y papel de los seglares.
Unión con los cristianos y relación con otras religiones.
Ecumenismo.
Confesiones cristianas.
Iglesias orientales.
Diálogo con el mundo.
Educación cristiana de la juventud.
Libertad religiosa.

La libertad religiosa tiene una inmediata proyección sobre la actitud de los Estados, ya que no es solo interior, la persona vive en comunidad; sin posibilidad de exteriorizar la fe, la libertad religiosa debe considerarse suprimida. Un gobierno no puede intervenir en la vida religiosa de sus ciudadanos arguyendo la defensa del bien común. En el aula conciliar se dejo bien patente que el Estado debe ser, al mismo tiempo, tutor del bien común y del respeto individual a las personas, por lo cual debe limitarse a ofrecer garantías de que todos podrán practicar sus credos sin dificultades ni discriminaciones y sin que la posición de una determinada fe implique ventajas civiles.

Educación cristiana de la juventud, es una preocupación constante de la iglesia. Relacionado con la educación ha de considerarse el tema de la cultura. En la actualidad una cultura universal, un progreso constante de la ciencia, nuevas concepciones de la vida y del hombre reclaman tomas de postura de los cristianos. El Concilio se muestra respetuoso e incluso entusiasta del progreso científico y señala una serie de novedades en materia de educación. En las discusiones aparecen puntos como el de la convivencia en las escuelas neutras y mixtas de distintas religiones, la responsabilidad de los padres y los casos y aspectos en que la sociedad puede imponerse a los padres, la importancia del laicado en la tarea educativa, la necesidad de la libertad, la no aceptación de cualquier discriminación social o económica en la adquisición de un bien primario.

La declaración del Concilio recoge el derecho universal a la educación, los tres ámbitos en que son responsables los padres, la sociedad y la Iglesia, la educación moral y religiosa y la recomendación de que se promuevan las universidades y escuelas católicas. En conjunto en materia educativa, como en materia formativa, las decisiones conciliares se movieron en una línea tradicional, sin grandes innovaciones, y quedaron superados por textos de teólogos o por mensajes papales posteriores. Frente a la idea cruzada, de lucha religiosa, que caracterizó muchos momentos del cristianismo y de otras religiones, el Concilio enarbola un nuevo talante fraternal, de exaltación de lo que todas las religiones han significado para el hombre y para la promoción de las manifestaciones más hondas del espíritu. Con respecto a los judíos señala ese nuevo talante Juan XXIII, quien ordena que se supriman la liturgia cristiana invocaciones acusadoras.

Con el Concilio Vaticano se cierra la etapa en la que era posible convocar guerras santas, la Iglesia católica ha señalado así a las otras Iglesias el camino para conseguir un mundo más fraterno. La preocupación de Juan XXIII fue potenciar el papel de los seglares en la vida de la Iglesia, de ahí que haya observadores seglares en el concilio. Antes de tratar el tema de la Constitución jerárquica de la iglesia se coloco un capítulo sobre el “Pueblo de Dios” en el que se fijó el papel de los laicos como parte integrante de ese pueblo. El laico es también apóstol activo, su apostolado se ejerce en su estado de matrimonio y en su actividad profesional y social. El Decreto “sobre el apostolado de los seglares” afirma que estos tienen mas ocasiones de realizar una tarea apostólica, con el testimonio de su vida. Además la instauración cristiana de orden temporal exige inexcusablemente la tarea de los laicos.

En este Decreto se pone de relieve lo que va a constituir una de las notas más originales del Concilio Vaticano II, la proyección de la Iglesia sobre el orden temporal. El apostolado no es ya un monopolio de los clérigos ni su ámbito exclusivo es el templo; existen otros campos, la familia, el ambiente social, la cultura y la política nacional e internacional. En todos ellos juegan su función los laicos y en ciertos ámbitos específicos los diversos profesionales, los jóvenes, las mujeres. Ningún otro concilio había atendido a esta dimensión de la vida secular.

jueves, 10 de octubre de 2013

La Guerra de los Seis Días

También conocida como Guerra de junio de 1967 en la historiografía árabe, fue un conflicto bélico que enfrentó a Israel con una coalición árabe formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria entre el 5 y el 10 de junio de 1967. Tras la exigencia egipcia a la ONU de que retirase de forma casi inmediata sus fuerzas de interposición en el Sinaí (UNEF), el despliegue de fuerzas egipcias en la frontera y el bloqueo de los estrechos de Tirán, Israel, temiendo un ataque inminente, lanzó un ataque preventivo contra la fuerza aérea egipcia. Jordania respondió atacando las ciudades israelíes de Jerusalén y Netanya. Al finalizar la guerra, Israel había conquistado la Península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este (incluyendo la Ciudad Vieja) y los Altos del Golán.

Tras numerosos enfrentamientos fronterizos entre Israel y sus vecinos árabes, en particular Siria, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser expulsó a la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas (UNEF) de la Península del Sinaí en mayo de 1967. La fuerza de mantenimiento de la paz estaba situada en la región desde el final de la Crisis de Suez en 1957. Egipto acumuló 1.000 tanques y unos 100.000 soldados en la frontera con Israel y cerró los Estrechos de Tirán a todos los buques de bandera israelí o que llevaban materiales estratégicos a Israel, recibiendo un fuerte apoyo de otras naciones árabes. Israel respondió con una movilización similar que incluyó el reclutamiento de 70.000 reservistas para aumentar el ordinario de las fuerzas.

La Guerra de los Seis Días se inscribe dentro del conjunto de guerras libradas entre Israel y sus vecinos árabes, tras la creación del Estado de Israel (1948) en parte del Mandato británico de Palestina. Estos seis días de 1967 concitaron la atención mundial y resultaron claves en la geopolítica de la región: sus consecuencias han sido profundas, extensas y se han hecho notar hasta hoy en día, teniendo una influencia decisiva en numerosos acontecimientos posteriores, como la Guerra de Desgaste, la Guerra de Yom Kipur, la masacre de Múnich, la polémica sobre los asentamientos judíos y el estatus de Jerusalén, los acuerdos de Camp David y Oslo o la Intifada.

Israel finalizó la Guerra de los Seis Días habiendo aumentado su territorio considerablemente, con la incorporación de los Altos del Golán, Cisjordania (incluyendo Jerusalén Oriental), la Franja de Gaza y la península del Sinaí. Desde el punto de vista militar, tras dos décadas de fragilidad estratégica, Israel obtuvo por primera vez en su historia profundidad territorial, que le concedería capacidad defensiva para mantener la artillería árabe lejos de las ciudades israelíes y evitar en adelante la obligación de realizar ataques preventivos ante cada amenaza, con el coste que ello supone a efectos de opinión pública. La situación dio por tanto un vuelco geoestratégico y ahora eran las capitales árabes (Amán, Damasco y El Cairo) las que quedaban al alcance de cualquier incursión rápida del Tzahal. Además de la expansión territorial y del «colchón» defensivo, Israel demostró en el plano psicológico a sus vecinos árabes su capacidad para defenderse militarmente, y su voluntad para usar dicha capacidad.

Pese a la euforia inicial, en el plano político la situación no fue tan favorable a Israel y la guerra envenenó aún más el conflicto árabe-israelí. Los territorios conquistados fueron ofrecidos por Israel a cambio de una paz duradera, pero la oferta fue rechazada por los Estados árabes. Israel se convirtió entonces en potencia ocupante y permanente de una población árabe muy hostil, lo cual estimuló el nacionalismo palestino, creándose nuevas amenazas internas en los territorios ocupados y alejándose toda perspectiva de una solución negociada a corto plazo. Hubo otro efecto político muy importante y es el hecho de que el conflicto árabe-israelí quedó plenamente encajado en los esquemas de la Guerra Fría: la URSS, junto al bloque socialista, rompió relaciones diplomáticas con Israel, el cual se convirtió a los ojos de una buena parte de la opinión pública internacional en agresor y potencia ocupante y perjudicó gravemente su prestigio de pequeño país en lucha por su supervivencia.

Dio comienzo entonces un importante rechazo internacional ilustrado por las muchas resoluciones contrarias a Israel en la ONU. Para algunos autores, sin embargo, dicha respuesta internacional ha desembocado en la idealización y justificación incondicional de las acciones de sus enemigos, incluidos aquellos que practicaban el terrorismo, auspiciando el nacimiento de una nueva judeofobia, esta vez de cuño ideológico y centrado en el Estado judío. Se suele coincidir en dos consecuencias fundamentales de la Guerra de los Seis Días y de toda la campaña diplomática posterior fueron:

Un giro en la percepción de Israel, que hasta entonces gozaba de la simpatía de la izquierda no comunista y en general de la opinión pública occidental. El surgimiento de un "nuevo antisemitismo" (o "nueva judeofobia") en Occidente, esta vez de raíz ideológica (no "racista") invocando el "antisionismo" y el odio a Israel. Los países árabes se reunieron en Sudán y firmaron la resolución de Jartum. La derrota sufrida por Egipto, Siria y Jordania fue considerada humillante en esos países, que acusaron de intervenir a Estados Unidos y al Reino Unido, considerados supuestamente ajenos al conflicto o neutrales, para justificar el éxito de la operación Foco israelí.

La derrota militar de Egipto y Siria produjo un gran malestar en el mundo árabe, lo que llevó a mantener los años siguientes una guerra de desgaste con Israel y, finalmente, a un ataque conjunto egipcio-sirio en la Guerra del Yom Kipur que no alteró el mapa geopolítico establecido tras la Guerra de los Seis Días. Israel devolvió el Sinaí a Egipto como parte de los acuerdos de paz de Camp David en 1982, más o menos al mismo tiempo que concedía la ciudadanía israelí a los habitantes de Jerusalén Este y de los Altos del Golán, cuyos territorios se incorporaron administrativamente a Israel, si bien sólo Jerusalén Este ha sido legalmente anexionada. En agosto de 2005, Israel evacuó todos los asentamientos de la Franja de Gaza para ceder su control a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), siguiendo su plan de retirada unilateral israelí.

El Concilio Vaticano II – Primera Parte

“Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico"…”

“…Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio…”

Tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y católica especialmente, Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales.

Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio —tal es Nuestra firme esperanza— crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”.

Extracto del discurso de su Santidad Juan XXIII en la solemne apertura del CONCILIO VATICANO II, el Jueves 11 de octubre de 1962

En Junio de 1959 Juan XXIII habla por primera vez de su intención de convocar un concilio ecuménico, pero el anuncio oficial no se formula hasta el año 1961. En el momento de su apertura, el 11 de octubre de 1962, con un discurso histórico del papa, se pensaba en una o a lo sumo dos asambleas, pero habrá cuatro, hasta el año 1965, ya que la complejidad y variedad de los temas exigieron un esfuerzo mucho mayor del que se había calculado. La segunda sesión, con la desaparición de Juan XXIII, fue inaugurada por Pablo VI el 29 de septiembre de 1963. todas las sesiones se desarrollan de septiembre a noviembre o diciembre; los meses anteriores son de trabajo preparatorio. La sesión de clausura se celebra solemnemente el 7 de diciembre de 1965.

A mediados de siglo XX, en medio de transformaciones incesantes en la concepción de la sociedad y de progresos científicos asombrosos, la Iglesia católica se encontraba en la necesidad de repensar su misión en el mundo y su concepción del papel de los fieles en la vida eclesial. Cuatro ideas podrían resumir el desafío que el mundo moderno ha significado para una institución dos veces milenaria.

Crisis de la autoridad. La iglesia sé h presentado como una sociedad jerárquica, constituciones que se caracterizan por la intensidad con que practican la obediencia. En un mundo en el que la autoridad ha perdido gran parte de su brillo sacral y en que se anteponen los modelos democráticos a los autoritarios, la Iglesia debe en cierta manera democratizarse, o, al menos, multiplicar los centros de decisión y admitir que la obediencia es algo muy distinto al seguimiento no reflexivo de los preceptos drásticos de un poder indiscutible.

Ecumenismo. En una época en que el mundo ha adquirido una conciencia unitaria, la iglesia debe ser verdaderamente católica, no solo europea, y en consecuencia aceptar que en su organismo pueden integrarse las formas culturales y de pensamiento de otros continentes.

“Aggionamento”, puesta al día, Asunción de las realidades del siglo, postura que contrasta con la que adoptó a mediados del siglo XIX, durante el pontificado de Pío IX, en que rechazó (encíclica Quanta cura, Syllabus) los denominados errores del pensamiento moderno, adoptando una actitud condenatoria no solo para el socialismo sin incluso para el liberalismo y la democracia.

Encarnación. Esta asunción de lo temporal no debe limitarse a un plano teórico, sino que supone una auténtica preocupación por las dimensiones materiales y sociales de la vida humana; lo que se ha llamado “doctrina social de la iglesia” y en el orden individual “compromiso temporal del cristiano” no es otra cosa que el entendimiento de que el dogma básico del cristianismo es la Encarnación, la realidad de un Dios que vive entre los hombres y comparte sus angustias y problemas, como explica Juan XXIII en la introducción de la encíclica Mater et Magistra.

La democratización o pluralidad de cientos de decisión con un papel más activo de los seglares, no significa una reforma de las estructuras eclesiales sino únicamente de un modelo centralista que procede del Renacimiento. Parte de las instituciones que gobiernan con el papa la Iglesia, las Congregaciones y Oficios que integran la Curia romana, son creaciones del siglo XVI. El papa tiene una jurisdicción directa sobre la Iglesia, pero ¿cómo la ejerce?; en la época apostólica y post-apostólica no hubo Curia, dicho de otra forma, no son instituciones primordiales sino ocasionales de gobierno. El cisma de occidente durante la Edad Media y la Reforma luterana en la época renacentista colocaron a la iglesia católica en una postura defensiva, de enérgica centralización.

El voto de obediencia especial al papa que formula la Compañía de Jesús se encuentra en esta línea de exaltación de la autoridad de Roma frente a los movimientos centrífugos que amenazaban la pervivencia monolítica de la cristiandad. En la Edad Contemporánea las medidas anticlericales que adopta la Revolución Francesa y el intento de control papal por Napoleón acentúan esta tendencia centralizadora que culmina en el Concilio Vaticano I y en la definición del dogma de la infalibilidad del papa cuando habla como cabeza de la Iglesia. Un nuevo concilio, el Concilio Vaticano II clarificará la misión de los obispos, continuadores de los apóstoles y la de los fieles; pondrá nuevamente a la iglesia en estado de misión, después de abandonar la postura defensiva de los últimos cuatro siglos.

Por otra parte, la catolicidad implica la asunción de nuevas culturas; no son los mismos los problemas de Nueva York y los de Nigeria. En los campos de la investigación, la ciencia, el espacio, es esencial el papel de los laicos; no se puede ya pensar, con criterios teocráticos, que el eje de la sociedad lo constituyen los religiosos y que los seglares son una especie de menores de edad, de papel subordinado y no sustantivo. Si en la historia humana y el progreso se realiza un designio divino, los laicos están jugando con su preparación especializada, un papel protagonista que tiene también una dimensión religiosa. Un gran pontífice, Juan XXIII, tuvo conciencia clara de la nueva situación histórica y la audacia y la gloria de convocar un concilio universal para que la Iglesia encontrara su nuevo rostro.

La diferencia de este concilio es claramente diferenciada. Frente al Vaticano I, que es un concilio afirmador de la autoridad, con la definición de la infalibilidad pontificia, el Vaticano II lo es de colegialidad, laicado, temas y definiciones que atienden a dimensiones democráticas de la iglesia. Frente a Trento, concilio defensivo, cuyos textos están recorridos por anatemas, el Concilio que se abre en 1962 se desarrolla sin condenas, sin un espíritu evangélico alejado de la postura defensiva del siglo XVI. Es también más universal que ninguno, todos los continentes están representados, se abre a todas las culturas. Incluso el número de padres conciliares es acusadamente superior. En la clausura del Concilio de Trento eran poco más de doscientos; en el Vaticano I alrededor de setecientos sesenta, en el Concilio Vaticano II toman parte en la ceremonia de apertura 2.540 padres.

La descentralización, la perdida del protagonismo de Roma, es una exigencia de los tiempos. En el Concilio intervienen casi trescientos obispos africanos, casi cuatrocientos de Asia, 75 de Oceanía, en su mayor parte nativos, obispos que tienen que trabajar en zonas cuyas ideas raíces son el animismo y el fetichismo, o creencias de las antiguas culturas de china e india, con problemas muy diferentes a los que se presentan en la Europa industrial, con su historia secular de humanismo grecolatino. Clarificar el papel de los laicos era otra necesidad. Los laicos habían intervenido en los primeros siglos de la iglesia en el nombramiento de sus pastores, incluso en la elección del papa en Roma.

Posteriormente se produjo la interferencia de poderes temporales, los príncipes, en la vida religiosa, con grave daño para la Iglesia, al mismo tiempo que esta, “cargada” con un patrimonio territorial, unía en el papa una jurisdicción temporal a la espiritual. Reducida desde 1870 la Iglesia a un poder estrictamente espiritual, a mediados del siglo XX, como puso de relieve en una conferencia en Milán el cardenal Montini, la Iglesia se encuentra libre por vez primera de interferencias de poderes seculares en sus asuntos y en consecuencia no tiene ninguna justificación una Iglesia defensiva o condenatoria. Pero esta independencia no ha significado despreocupación de lo temporal; lo que caracteriza al Concilio Vaticano II y lo que le dio una resonancia universal es su preocupación por clarificar las relaciones de la Iglesia con la cultura y el mundo actual.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Nuestra Señora del Rosario

Su fiesta fue instituida por el Papa san Pío V el 7 de Octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la Batalla naval de Lepanto (1571), atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del rosario. La celebración de este día es una invitación para todos a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.

María en persona, le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe. La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Un creciente número de hombres se unió a la obra apostólica de Domingo y, con la aprobación del Santo Padre, formó la Orden de Predicadores (mas conocidos como Dominicos). Con gran celo predicaban, enseñaban y los frutos de conversión crecían. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen.

Europa y con ella toda la cristiandad estaba en grave peligro de extinción. Sabemos, por las promesas de Jesucristo, que eso no puede ocurrir pero, humanamente, no había solución para la amenaza del Islam. Los musulmanes se proponían hacer desaparecer, a punta de espada, el cristianismo. Ya habían tomado Tierra Santa, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y España. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido, y muchos mártires derramaron su sangre, muchas diócesis desaparecieron completamente. Después de 700 años de lucha por la reconquista, España y Portugal pudieron librarse del dominio musulmán. Esa lucha comenzó a los pies de la Virgen de Covadonga y culminó con la conquista de Granada, cuando los reyes católicos, Fernando e Isabel, pudieron definitivamente expulsar a los moros de la península en el 1492.

En la época del Papa Pío V (1566 - 1572), los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión de la Europa cristiana. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. El Papa pidió ayuda pero se le hizo poco caso. El 17 de septiembre de 1569 pidió que se rezase el Santo Rosario. Por fin en 1571 se estableció una liga para la defensa de Europa. El 7 de octubre de 1571 se encontraron las flotas cristianas y musulmanas en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España y comandada por Don Juan de Austria, entró en batalla contra un enemigo muy superior en tamaño. Se jugaba el todo por el todo. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el santo rosario con devoción. La batalla de Lepanto duró hasta altas horas de la tarde pero, al final, los cristianos resultaron victoriosos.

En Roma, el Papa se hallaba recitando el rosario en tanto se había logrado la decisiva y milagrosa victoria para los cristianos. El poder de los turcos en el mar se había disuelto para siempre. El Papa salió de su capilla y, guiado por una inspiración, anunció con mucha calma que la Santísima Virgen había otorgado la victoria. Semanas mas tarde llegó el mensaje de la victoria de parte de Don Juan, quién. Desde un principio, le atribuyó el triunfo de su flota a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Rosario. Agradecido con Nuestra Madre, el Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y agregó a las Letanía de la Santísima Virgen el título de "Auxilio de los Cristianos". Más adelante, el Papa Gregorio III cambió la fiesta a la Nuestra Señora del Rosario.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Juan XXII y Juan Pablo II Santos

Durante el Consistorio Ordinario Público para la canonización de los beatos Roncalli y Wojtyla, que se celebró en el palacio apostólico del Vaticano, el Papa Francisco confirmó la fecha en que por primera vez dos Papas serán inscritos en el registro de los santos al mismo tiempo. El Papa Francisco aprobó en junio pasado el milagro atribuido a la intercesión del beato Juan Pablo II y dispensó a Juan XXIII, el proceso del segundo milagro porque la fama de santidad del llamado “Papa Bueno” es muy arraigada.

Cabe resaltar que la fecha de canonización coincide con el día de la Divina Misericordia, fiesta litúrgica establecida precisamente por Karol Wojtyla tras reconocer las apariciones de Cristo a la monja polaca Faustina Kowalska. La beatificación del Papa polaco también se realizó en la misma fiesta, que en el año 2011 cayó el 1 de mayo, y es que es variable porque se festeja el segundo domingo de Pascua que cambia de acuerdo al calendario litúrgico de cada año.

Respecto a la canonización de Juan XXIII, el iniciador del Concilio Vaticano II, resaltó que la Iglesia muestra una nueva sensibilización al haber aprobado su elevación a los altares con un sólo milagro cuando normalmente se requieren dos: “si bien se dice que un milagro es la confirmación de la santidad, la santidad es anterior a los milagros, es la vida, ejemplo y las acciones lo que hacen a un santo, el milagro es una prueba de ello pero la Iglesia puede encontrar muchas pruebas por ejemplo está el caso de san Francisco de Asís… hay personajes que no necesitan”.

El canciller de la Universidad Pontificia comentó que el próximo 27 de abril el Papa Francisco podría abrir un espacio para ganar indulgencias por la canonización de dichos papas, sin embargo, habrá que esperar y estar pendientes de ello ya que no es un requisito para la santificación aunque por ser precisamente el Día de la Misericordia no sería extraño que concediera alguna gracia especial

Por su parte, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Federico Lombardi, anunció que el Obispo emérito de Roma podría participar en la ceremonia de canonización; “no hay motivo legal o doctrinal por el que Benedicto XVI no pueda participar en una ceremonia pública". De ser así será un día histórico; cuatro papas “juntos”. Un acontecimiento insólito, propio de ese estilo tan lleno de sorpresas del actual pontificado, es la decisión del Papa Francisco de canonizar, dentro de la misma ceremonia, a Juan XXIII y Juan Pablo II.

Antes de seguir adelante, prudente será reflexionar cómo la existencia de Papas santos, fue algo rarísimo durante los últimos 500 años. Para ser más precisos: desde que san Pío V, quien reinó de 1566 a 1572, alcanzó la santidad, ningún otro pontífice había sido elevado a los altares. Hubo que esperar hasta san Pío X, quien reinó entre 1903 y 1914. Daba la impresión de que durante varios siglos, la santidad no era algo que caracterizase a los vicarios de Cristo.

Las cosas empezaros a cambiar desde la segunda mitad del siglo XIX. Pío IX, quien sufrió el despojo de los estados pontificios, fue beatificado por Juan Pablo II en septiembre del año 2000. Asimismo pontífices como Pío XII y Pablo VI tienen el grado de venerables, lo cual significa que serán beatificados en cuanto se les compruebe un milagro. Una vez expuesto lo anterior, hablemos brevemente de los dos pontífices que están a punto de ser venerados como santos.

¿Qué podemos decir de Juan Pablo II que otros no hayan dicho antes? Un Papa que fue un auténtico pontífice misionero, ya que realizó más de 100 viajes predicando el evangelio y confirmando en la fe. Un Papa que fue incluso admirado por sus enemigos ideológicos y que durante su funeral se hizo realidad aquello de “vox populi, vox Dei” ya que quienes allí estaban orando clamaron al unísono: “¡santo subito!” Un poco más lejano en el tiempo es Juan XXIII cuya vida y pontificado explican el nuevo rostro de la Iglesia.

Cuando los cardenales que participaron en aquel cónclave de 1958 eligieron al anciano patriarca de Venecia, Angel José Roncalli, muchos pensaron que sería un simple Papa de transición. Y en cierto modo tuvieron razón ya que a Juan XXIII le correspondió llevar a cabo la transición entre una Iglesia que estaba quedándose rezagada, a otra que supo responder a los desafíos del mundo moderno. Esto lo hizo Juan XXIII convocando al Concilio Vaticano II.

Cuatro fueron los objetivos que se propuso el Papa bueno al convocar el Vaticano II:

Profundizar en la naturaleza de la Iglesia
Renovarla interiormente
Favorecer la unión de los cristiano
Mantener el diálogo con el mundo contemporáneo
El primer paso había sido dado. Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia para que entrase aire fresco y con su peculiar bondad y apertura al mundo, hizo posible que sus sucesores salieran de Roma en busca de las ovejas perdidas.

Sin Juan XXIII no se explica la presencia de un Papa en Tierra Santa o en la ONU como fue el paso de Pablo VI visitando los santos lugares en 1964 o viajando a Nueva York un año después. La bondad de Juan XXIII y la apertura al mundo de Pablo VI inspiraron al cardenal Albino Luciani a juntar los nombres de ambos en el momento de elegir el nombre con el que habría de reinar: Juan Pablo I. Definitivamente, resulta muy difícil de explicar el brillante pontificado de un Juan Pablo II si no acudimos a sus tres inmediatos antecesores y –de un modo muy especial-a Juan XXIII el Papa del concilio.

Dos Papas de los últimos años suben al mismo tiempo a los altares recordándole al mundo entero que la santidad pontificia es algo real y presente en los obispos de Roma. Juan XXIII y Juan Pablo II, dos Papas que tuvieron mucho en común y que el Espíritu Santo se los dio a la Iglesia cuando ésta más los necesitaba. Una decisión del Papa Francisco que consideramos sensata, oportuna y edificante.