miércoles, 2 de agosto de 2017

¿QUÉ ES LA REDENCIÓN?-Primera Parte

El significado de la palabra "redimir", viene del latín "redimére" y significa "rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio". La palabra "redención" viene de "redemptio" que significa "re-compra, rescate". La voz redención es uno de los términos que desde sus orígenes el cristianismo ha usado para describir la salvación del género humano realizada por Jesucristo.  Se utilizan otras expresiones como expiación, Justificación, reconciliación, liberación, etc. El cristianismo entiende por Redención a la liberación que Jesucristo hace del hombre, arrancándole del pecado, restaurándolo a una situación de unión sobrenatural con Dios y prometiéndole en el más allá un fin bienaventurado. Dios preparó a la humanidad para la venida de Nuestro Señor Jesucristo, Redentor de los hombres. Dios realizó esta preparación eligiendo al pueblo de Israel revelándose por medio de los patriarcas y los profetas: todo el contenido del Antiguo Testamento es la preparación a la venida del Mesías. Ya desde las primeras enseñanzas, después de la caída de nuestros primeros padres, Dios promete un Redentor: « Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón» (Gén. 3, 15), es decir, un descendiente de Eva vencerá al demonio.

Dios establece Alianza con los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob que se renueva y concreta más tarde por medio de Moisés. A lo largo de la historia del pueblo Judío, Dios va manifestando las características del Mesías prometido. Y, también, como se cuida de señalar la Sagrada Escritura, a las otras naciones «no las dejó sin testimonio de sí» (Hech 14, 16-17), y por esto existía entre los demás pueblos de la tierra como una preparación remota para esperar al Mesías. La Sagrada Escritura enseña que es la gracia de Dios la que justifica al hombre; la que le hace pasar del pecado a la amistad con Dios. Pero como la gracia es un don gratuito de Dios: «Ahora son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención de Cristo Jesús» (Rom 3, 24), es la obra redentora de Jesucristo la que libera del pecado a los hombres y no sus propias fuerzas, «pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios» (Ef 2, 8-9).

La Redención es una decisión libre de Dios ante la miseria humana ocasionada por el pecado. Es un «misterio de su voluntad divina» (Ef 1, 9). Si el estado de Justicia original de Adán y Eva fue un acto gratuito de Dios, debido a su amor y misericordia, con mucha más razón la restauración de la justicia inicial perdida es también un acto gratuito de Dios. No existe fuera de Cristo ninguna otra iniciativa redentora que proceda de Dios, que incida en la historia humana y nos haya sido dada a conocer por revelación divina.  Por tanto, el género humano, según el decreto divino, ha sido redimido por el Hijo de Dios encarnado. La Revelación muestra esta gran verdad de fe: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10); «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él» (Jn 3, 17); «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15).

Es claro que la fe de la Iglesia es que la Encarnación del Hijo de Dios se realizó para la remisión de los pecados de los hombres. Ahora bien, es posible preguntarse si la Redención decretada por Dios se hubiera podido-realizar por otros medios sin que fuera necesaria la Encarnación. Está claro que Dios hubiera podido redimir a los hombres de otra manera; pensar lo contrario sería limitar la omnipotencia, sabiduría y justicia de Dios, que estaría limitada a la única posibilidad de la Encarnación de su Hijo Unigénito. Podía, por ejemplo, salvar a los hombres sin recibir ninguna satisfacción de la humanidad pecadora. Por el contrario, si Dios quiso una satisfacción adecuada, es necesaria la Encarnación de una Persona divina (sentencia cierta), puesto que la ofensa infinita a Dios merece una satisfacción infinita, que sólo pueda ofrecerla el mismo Dios.

La liberación del hombre efectuada por la Redención tendrá lugar plenamente en el futuro; pero, a la vez, está ya presente por la gracia: contiene un ya y un todavía no. Cristo murió por todos, y no solamente por algunos. Esto significa que la redención efectuada por Jesus es comunicable a todos sin excepción, de modo que cualquier hombre puede apropiarse los frutos de esa redención objetiva y universal, si cumple la voluntad de Dios. La Escritura enseña claramente esta verdad en multitud de pasajes. Entre otros muchos, Cristo «se dio a sí mismo en precio del rescate por todos» (1 Tim. 2, 6), «Él es propiciación por nuestros pecados; Y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn 2, 2). Pecado y Redención se comportan respectivamente como sombra y luz en la vida humana. «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios -enseña Pablo-, y son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención de Cristo Jesús» (Rom 3, 23-24).

La Redención de Jesucristo presenta dos aspectos:

-. Redención objetiva. Es el hecho mismo de la muerte de Jesús en la Cruz. Por este hecho, su muerte, Cristo adquiere méritos para salvar del pecado a todos los hombres.

-. Redención subjetiva. Es la aplicación a cada uno de los hombres singulares de la Redención objetiva.

Aunque el efecto de la Redención objetiva es universalísimo -es para todos los hombres-, esto no significa que todos los hombres automáticamente se salven. Cada hombre debe, por sus buenas obras, aplicar a su vida la Redención objetiva. De tal manera que el que no realiza buenas obras con la ayuda de la gracia tampoco recibe el mérito y por tanto no se le perdonan los pecados. Para los protestantes, las buenas obras realmente no existen, pues todos los hombres son siempre pecadores, como consecuencia de que el pecado original ha corrompido totalmente la naturaleza humana.  Por tanto, no pueden hacer obras con ayuda de la gracia para conseguir su salvación. La Redención objetiva es suficiente y es Dios quien libremente, salva a unos hombres y condena a los otros. La salvación que Dios realiza de los hombres tampoco les quita el pecado, sino que simplemente no se lo tiene en cuenta. Es una salvación o justificación extrínseca que no borra los pecados. Para los protestantes, la muerte de Jesucristo en la Cruz no ha sido un verdadero sacrificio. En todo caso, dicen que se puede hablar de sacrificio sólo en el sentido de que Dios ha entregado a su Hijo, como un cualquier otro condenado a muerte. La muerte de un condenado no es un sacrificio en sentido estricto, porque le falta libertad y por ello no muere voluntariamente para agradar a Dios. Por tanto, la muerte de Jesucristo en la Cruz no es una expiación ofrecida voluntariamente a Dios por la humanidad de Cristo. Por ello, la satisfacción de la Cruz es simplemente penal y Jesucristo ha sido castigado, ha sufrido la pena, por nuestros pecados, pero no nos los ha quitado. De todo esto, concluye que la Santa Misa no es tampoco un sacrificio.

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